Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


"Mi vida no me pertenece a mí"

16/08/2016
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El 15 de agosto se celebró el nonagésimo noveno natalicio del beato Óscar Arnulfo Romero. Como sabemos, una de las celebraciones populares más sentidas es el cumpleaños de nuestro pastor mártir. Lo ha sido antes y después de su martirio, antes y después de su beatificación. Los últimos tres años de su vida, celebró su natalicio como arzobispo de la arquidiócesis en medio de circunstancias difíciles, en las que entendió su acción pastoral como una vuelta al mundo real y concreto de los pobres. En el día de su cumpleaños, personas y comunidades le manifestaban su cariño, solidaridad e identificación con su modo de ser pastor, porque acompañaba y orientaba al pueblo en sus anhelos de libertad, porque consolaba y defendía a las víctimas de la violencia, porque animaba a tener esperanza contra toda esperanza. Y monseñor agradecía esas múltiples manifestaciones de afecto. En la celebración de su sexagésimo cumpleaños (1977), dijo: “Entre los acontecimientos de esta semana, sin duda que son muchos, pero puedo destacar con un sentido de gratitud la celebración de mi cumpleaños, donde he comprendido una vez más que mi vida no me pertenece a mí, sino a ustedes”.

La última expresión es principio y fundamento de una existencia humana y cristiana que da un nuevo sentido a la vida: el descentramiento. Es decir, vivir para servir. Más concretamente, como él proclamaba, “hay que volver a encontrar la profunda verdad evangélica de que debemos servir a las mayorías pobres”. Y con vehemencia señalaba: “Yo soy el diácono de ustedes, soy el servidor”. En agosto de 1978, cuando grupos conservadores de la Iglesia (incluso obispos) lo acusaban de haberse desviado de su misión, la fecha de su cumpleaños se convirtió en motivo para manifestarle su apoyo y confianza frente a esas inculpaciones malintencionadas. Aunque Romero no acostumbraba hablar de sí mismo en sus homilías, en esa ocasión manifestó:

Perdonen, hermanos, que me refiera a mi persona para decirles un voto de profundo agradecimiento por las múltiples manifestaciones de solidaridad que con motivo de mi cumpleaños me manifestaron [...], sobre todo el clero […], donde tuvimos la felicidad de estrechar la mano de monseñor Luis Chávez […] La misa de esa noche me dejó tan colmado de consuelo… Dios se los pague.

En los apuntes de su último retiro espiritual, menciona la situación conflictiva con los otros obispos, que le producía mucha inquietud. Por eso, las muestras de solidaridad con él por parte del clero representan un símbolo de colegialidad y unidad.

En agosto de 1979, luego de que monseñor publicara su cuarta carta pastoral, en la que manifiesta que la Iglesia acompaña al pueblo salvadoreño en sus angustias y esperanzas, frustraciones y expectativas, celebró su cumpleaños expresando gratitud por la bondad del corazón de todos aquellos que otorgan un sentido a su sufrimiento, conectándolo a favor de una causa: la de Jesús. Así lo formuló:

Quiero agradecer solemnemente las diversas manifestaciones de simpatía y solidaridad […] Créanme que me han dado una nueva riqueza a mi espíritu […] sobre todo aquellos mensajes donde se ofrecían sus dolores, su enfermedad, sus sufrimientos. ¡Qué riqueza siento cuando le da un enfermo, un paralítico, alguien que sufre, el sentido de oración unido con su pastor! Una carta muy bonita me dice: “Yo siento que junto a usted, estamos salvando al pueblo”.

En estas palabras de monseñor se reflejan una profunda gratitud y un profundo respeto por los pobres. Se dice que el primer y fundamental valor que debería caracterizar a toda la Iglesia es la gratuidad. Dios en Jesús se nos ha mostrado como un padre amoroso que acoge con todo cariño a los que sufren, a los marginados y pecadores. Y si la vida cristiana brota esencialmente de la gratuidad, ello implica que el egoísmo no puede ser el motor de la sociedad y, mucho menos, de la Iglesia. Y sobre el respeto y amor hacia quienes monseñor servía, recordemos dos pasajes.

En el primero, los llama “mi mejor condecoración”. Así lo relata: “Cuando me preguntaban qué sentía con la postulación al premio Nobel, [respondía]: “No trabajo por eso, trabajo por el Evangelio”. Para mí, queridos hermanos, más que el premio Nobel, es esto que estoy viendo en mi catedral, ustedes son mi mejor condecoración, ustedes son mi alegría”.

En el segundo pasaje, habla del pueblo al que sirve, calificándolo como su “carta de recomendación”. Lo manifiesta así:

Yo les puedo decir con gran orgullo, hermanos: ustedes son mi carta de recomendación […]. Y por eso les suplico que seamos dignos de esta presencia de Cristo en medio de la comunidad. Yo soy el primero en sentir mis deficiencias, mis limitaciones, pero sé que ustedes […] viviendo santamente la presencia de Cristo en su pueblo, suplen las deficiencias de su propio pastor.

Sin duda que monseñor Romero era un hombre que vivía los valores que predicaba: gratuidad, diakonía, compromiso con los pobres. Por ello se constituye para nosotros en un maestro de la vida. Desde luego, recurrimos a él no simplemente para elogiarlo, sino para traducir su testimonio a nuestra cotidianidad. Porque necesitamos desarrollarnos como mejores personas y pueblos. Los valores que representa su legado hay que cultivarlos, no eludirlos. En pocas palabras, celebrar a monseñor debe significar, ante todo, seguirle.


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