Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


Para conmemorar con sentido

06/01/2017
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El aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz no debería conmemorarse con fiestas pomposas, con artistas internacionales, con figuras de renombre que alaben lo que para la ONU fue un proceso de paz exitoso, sin hacer una revisión crítica del hecho histórico y luego seguir como si nada hubiera pasado. Nadie duda que los Acuerdos fueron buenos en su momento y representaron, probablemente, el único pacto de nación en la historia l país. Lo fueron porque el mayor anhelo de la mayoría de los salvadoreños en aquel entonces era vivir en paz. Sin embargo, eso no releva de la responsabilidad de evaluar si el espíritu de los Acuerdos se sigue cultivando.

Difícilmente se puede objetar racionalmente que los Acuerdos, si bien recogieron las ansias de paz, respondieron a los intereses de grupos específicos, de cúpulas. Como en 1992, parece que hoy en día se está olvidando a los verdaderos protagonistas del proceso de paz y ensalzando a los firmantes, que, salvo honrosas excepciones, repiten un discurso vacío, sin anclaje histórico. Como hace cinco lustros, se deja de lado a las víctimas y a las personas que, contra el parecer de los dos bandos en contienda, abogaron por una salida pacífica, aun a costa de sus vidas.

Dada la crítica situación social y económica que vivimos, no queda menos que cuestionarse sobre el impacto que en El Salvador tuvieron los Acuerdos. ¿Qué se hizo o qué se dejó de hacer para que 25 años después de firmada la paz el país sufra otra ola de violencia irracional? La corrupción, la polarización, la creciente desigualdad, el deterioro del nivel de vida de grandes sectores de la población dan licencia para preguntarse a quiénes beneficiaron los Acuerdos. La honestidad con la realidad y el compromiso con la transformación social obligan a una revisión y valoración crítica de unos acuerdos a cuyo espíritu no se le dio continuidad.

Es cierto que algunos temas económicos y sociales clave estaban contemplados en el documento, pero la única ventana puesta para abordarlos, el Foro Económico y Social, se cerró casi de inmediato. Además, el proceso de paz se interrumpió con una ley de amnistía que solo más de dos décadas después fue declarada inconstitucional. Sí, hay que conmemorar la fecha, pero hay que hacerlo con el objetivo de aprender de la experiencia para enrumbarnos en la senda de la profundización de la democracia, la reducción de la lacerante desigualdad y la transformación social y económica que el país necesita para que su gente, no solo las élites, salgan adelante. De lo contrario, la conmemoración será vacía, celebraremos algo bonito que nos pasó y que duró poco.


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