Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


Educación, una vez más

13/02/2017
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Urge un acuerdo nacional en favor de la educación, la cual es un derecho básico y elemental severamente golpeado en El Salvador. Los Gobiernos del pasado y el del presente han tendido a difundir cifras positivas. Sin duda, se ha ido mejorando desde el fin de la guerra. Sin embargo, ello ha sido posible porque antes de la firma de la paz la situación educativa era muy deficiente. Ahora continuamos teniendo carencias graves, aunque se hayan corregido las fallas más atroces. Unas deficiencias, las actuales, que impiden la inserción de los jóvenes en condiciones de igualdad en el escenario nacional y del país en su conjunto a nivel internacional. Padecemos un subdesarrollo crónico que en buena parte hunde sus raíces en nuestras taras educativas. Si, como dicen muchos expertos, se necesita que el 70% de la población tenga un nivel educativo de bachillerato para que un país salga del subdesarrollo, permaneceremos estancados en él, pues solo el 40% de nuestros jóvenes se gradúa de bachillerato. Y mantenernos en el subdesarrollo significará seguir empantanados en la violencia, la migración y niveles de polarización política que frenan e impiden tanto la justicia social como la protección de la ciudadanía y la convivencia pacífica.

No se trata de decir que no existen buenas ideas en El Salvador o que no hay personas que desean un país con niveles educativos coherentes con las necesidades del desarrollo. La mayoría de la población quiere educación decente o la querría si estuviera bien informada al respecto. Pero algo impide que nos pongamos de acuerdo e invirtamos en nuestros niños y jóvenes para salir de la actual situación. Una situación catastrófica por sus efectos en el desarrollo humano, cultura de paz, seguridad ciudadana y un largo etcétera de dinámicas que se ven mermadas o dañadas por la insuficiencia y desigualdad educativas. La educación inicial, que debería comenzar a partir de los dos años, tiene un déficit superior al 90%. Y ello es muy grave por la importancia de esa formación inicial no solo en el terreno del aprendizaje, sino en la estructuración de valores y apegos, en la construcción de capacidades que permitirán al futuro adulto convivir en paz y armonía con otras personas.

En la primaria, la cobertura es del 90%. Pero según datos recientes del Ministerio de Educación, de los niños que se graduaron exitosamente de sexto grado en 2011, solamente el 42% terminó el bachillerato en 2016. Y si a esa cifra le añadimos la inequidad educativa, nos encontramos con que casi la mitad de los bachilleres no adquirieron en sus institutos la capacidad de ingresar satisfactoriamente en universidades con exigencias estándar. Por tanto, no le estamos dando a la juventud los derechos que le corresponden ni la posibilidad de desarrollar a plenitud sus capacidades. Nuestro sistema educativo es elitista, descarta en la práctica a personas que podrían tener un alto desempeño y lastra la construcción del futuro nacional. Y lo más impresionante es que esta realidad es conocida y nadie —al menos en público— se opone a que cambie. Tal vez el único freno real sea la falta de recursos.

Ciertamente, en la actualidad, no se cuenta con los recursos necesarios para hacer una reforma educativa a fondo. Pero se podría invertir mucho más en el sector. Quizás lo que falta es desarrollar un proyecto de inversión educativa superior a la actual, que siga el ciclo de vida del niño, con una cierta gradualidad y con mediciones claras de los avances. Una tarea que es de todos y a la que todos debemos sumarnos, más allá de la polarización y la guerra de acusaciones que frenan la formulación de una política enfocada al bien común. Es hora de exigir y de plantear. Si debemos llegar a acuerdos, el educativo es uno de los imprescindibles. Sin él, el futuro estará condenado a repetirse en odios, violencia, migración forzada y desesperanza.


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