Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


Rememoración de los insignificantes

14/02/2017
Vota
  • 3.6 estrellas
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
7 Votos
2

Según el teólogo Gustavo Gutiérrez, una persona puede ser insignificante por muchas razones. Puede serlo porque no tiene dinero, por el color de la piel, por ser mujer, porque pertenece a una cultura que la civilización dominante considera inferior. Insignificantes, nos dice el obispo de Roma, Francisco, son los sin techo, los toxicodependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados. Los prescindibles porque sobran, no se necesitan o se consideran inútiles. Insignificantes, en fin, los pequeños, los ignorantes, los afroamericanos, los excluidos, los marginados sociales. Es decir, los que no significan nada para los grandes y poderosos de este mundo, propulsores de una mentalidad que lo valora todo en términos de utilidad y conveniencia.

Ahora bien, hay al menos tres aspectos que no debemos eludir al momento de hacernos cargo de esta realidad. Primero, que su existencia no es una fatalidad, sino una injusticia. Segundo, es necesario tenerlos presentes en la memoria colectiva, como antídoto para los peligros del olvido y la indiferencia. Tercero, recordar a los “últimos” significa dejarnos afectar por su presencia y reaccionar con responsabilidad solidaria. Hay antecedentes ejemplares de estos tres rasgos, que han dejado huellas inspiradoras.

En tiempo de la colonia, fray Antonio de Montesinos denunció con vigor —en su famoso sermón del cuarto domingo de adviento de 1511— el escándalo de la conquista. Sus cuestionamientos, dirigidos a los responsables de la ocupación, maltrato, explotación y muerte de los indígenas, son inequívocos:

Todos están en pecado mortal y en él viven y mueren, por la crueldad y tiranía que usan con estas inocentes gentes. Digan ¿con qué derecho y con qué justicia tienen en tal cruel y horrible servidumbre a esto indios? ¿Con qué autoridad han hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas? ¿Cómo los tienen tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades?

En otro momento histórico, Jorge Luis Borges, en su libro Historia universal de la infamia, cuenta que, a principios del siglo XIX, las vastas plantaciones de algodón en las orillas del río Mississippi eran trabajadas por negros, de sol a sol. Dormían en cabañas de madera, laboraban en filas, encorvados bajo el látigo del capataz. Huían, y hombres de barba entera saltaban sobre hermosos caballos y los rastreaban fuertes perros de presa. Los propietarios de esas tierras y esas negradas son descritos por Borges como gente ociosa y ávidos caballeros de melena, que habitaban en largos caserones.

Roque Dalton, en su conocido Poema de amor, retrata lo que, a su juicio, conforma el modo de ser del salvadoreño común e insignificante. Son los sembradores de maíz en plena selva extranjera, reyes de la página roja, los que nunca sabe nadie de dónde son, los mejores artesanos del mundo, los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera. Los que murieron de paludismo en el infierno de las bananeras, los que lloraron borrachos por el himno nacional bajo el ciclón del pacífico o la nieve del norte. Los arrimados, los mendigos, los marihuaneros. Los eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, los primeros en sacar el chuchillo, los tristes más tristes del mundo. Y luego, su imborrable trozo de amor: mis compatriotas, mis hermanos.

Por su parte, Eduardo Galeano, en su poema Los nadies, transmite la impotencia y el dolor de los olvidados, los sometidos, los rechazados de hoy y de siempre:

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada/ Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos/ Que no son, aunque sean/ Que no hablan idiomas, sino dialectos/ Que no profesan religiones, sino supersticiones/ Que no hacen arte, sino artesanía/ Que no practican cultura, sino folklore/ Que no son seres humanos, sino recursos humanos/ Que no tienen cara, sino brazos/ Que no tienen nombre, sino número/ Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local/ Los nadies que cuestan menos que la bala que los mata.

Estas memorias nos enfrentan a la realidad, nos llevan a pensar en el otro. Ese otro identificado como la gente sin importancia, que no cuenta. El teólogo Johann Baptist Metz es reiterativo al exhortar a estar atentos a las señales de una firme disposición a no dar la espalda al sufrimiento de otros; expectantes a las alianzas y proyectos animados por la compasión y que se sustraen a la actual corriente de indiferencia y apatía. Desde la perspectiva cristiana, el ejemplo absoluto de este estilo de vida es Jesús de Nazaret. Como se sabe, en los tres años de su vida itinerante, Jesús convivió la mayor parte de su tiempo con aquellos que no tenían lugar dentro del sistema religioso y social de la época. Él pasó a ser conocido como “amigo de publicanos y pecadores”. Aceptó a los que no eran acogidos: los inmorales (prostitutas y pecadores), los herejes (samaritanos y paganos), los impuros (leprosos y poseídos), los marginados (mujeres, enfermos y niños), los colaboradores (publicanos y soldados), los débiles (los pobres sin poder).

Jesús no excluía a nadie, pero su proyecto de fraternidad y justicia se construye a partir de la compasión solidaria con los insignificantes. Compasión que, para Metz, no ha de entenderse como una vaga simpatía experimentada desde arriba o desde fuera, sino como percepción participativa y comprometida con el sufrimiento ajeno, como activa rememoración del sufrimiento de los otros.


  •   Compartir


© Todos los derechos reservados.


Comentarios

Rogelio Saprissa
16/02/2017 10:04:47 AM




Los "insignificantes" los creó el sistema, los creamos nosotros con nuestros egoísmos y la "comoda" religión de ritos, si no vas a misa, si no te confiesas, si el sexo, si haces cosas no autorizadas, te vas al infierno y allí te prenderán fuego eterno!....No se predicó ni organizó las sociedades post imperio romano en favor del amor, empatía, solidaridad, etc..., casos como el de Mr. Scrooge, en donde regresa el pariente muerto a avisarle que "yuca" le iba por haber sido un egoísta explotador no se dan nunca. Unas que otras personas si se dejaron llevar siguiendo el amor que nos enseñó Jesús, como aquí monseñor Romero, pero son casos aislados que los mismos compañeros colegas los recriminan y atacan de comunistas. Si no hay un verdadero cambio de perspectiva educacional hacia los demás y se desecha de una vez por todas la acumulación, calificándola como una ofensa no cristiana, indigno de recibir comunión en la Iglesia, con las armas que hay ahora la humanidad...



Ocupado77
15/02/2017 04:58:41 PM



1

Gran sabiduría encierra el pensamiento: "(insignificantes son)... los que no significan nada para los grandes y poderosos de este mundo, propulsores de una mentalidad que lo valora todo en términos de utilidad y conveniencia". Y es que buen trabajo han hecho estos diabólicos poderosos. Nos han alienado, a través de la propaganda, a través de los medios. Nos han hecho a su medida: individualistas e indiferentes, no solidarios, hedonistas, consumistas apáticos a la situación de nuestros hermanos. Es tiempo de preocuparnos por ellos, porque si no, nos pasará lo de Bretch: "Primero se llevaron a los comunistas...En seguida se llevaron a unos obreros...Después...a los sindicalistas...pero a mi no me importó ...Luego...a unos curas... tampoco me importó (fui indiferente, egoísta, no solidario con los que eran insignificantes para mi)...Ahora me llevan a mi...pero ya es tarde". Salvadoreños, los poderosos nos pagarán muy mal. Nuestro egoísmo igual. Y lo lamentaremos!




Deje su comentario

No se publicarán comentarios insultantes, que no aborden directamente el tema del texto o escritos solo en mayúsculas.


Nombre:

Comentario:

Caracteres disponibles:1000

¿Cuánto es (0 + 1) ?: