Universidad Centroamericana José Simeón Cañas


El peso de las palabras

10/07/2018
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Algunas palabras las entendemos, otras no. Y es en el uso de ellas donde desarrollamos la política. El ideal es que representen ideas claras, contenidos programáticos y tengan coherencia con la realidad. Pero en política, con frecuencia, se prioriza el uso instrumental de la palabra no para decir verdades, sino para dañar al contrincante. Eso suele llevar al enfrentamiento verbal sistemático y al estancamiento en decisiones relativas al bien común. Hace unos meses, pasamos por un debate de ese estilo, con ataques y contraataques de todo tipo, en torno a la reforma del sistema de pensiones. Pero mientras las partes se atacaban y discutían, apenas se mencionaba la terrible injusticia de tener a casi el 80% de las personas de tercera edad sin pensión. Evidentemente, sin necesidad de acudir a los juegos de palabras de los políticos o de algunos abogados codigueros, esa terrible ausencia de pensión para cuatro quintas partes de nuestros adultos mayores es una vergüenza y una violación a la Constitución. En efecto, el primer artículo de la Carta Magna garantiza y asegura el derecho de los habitantes de la República al “bienestar económico y la justicia social”. Sin hacer demasiado cálculo matemático, es muy fácil, mirando el número de pensionados, llegar a la conclusión de que los políticos se burlan de la Constitución: más de la mitad de nuestros adultos mayores carecen de bienestar económico.

Pero eso no parece importar. Lo fundamental es la palabrería, así como el ruido, eco, alto volumen y difusión amplia que algunos medios hacen del grito de ciertos sectores. El famoso refrán “A palabras necias, oídos sordos” no ha llegado todavía a los manuales operativos de algunos grandes medios de comunicación. Y así ha pasado en la discusión sobre el agua. “Poner intereses privados en el control del agua no es privatizar el agua”, “El agua no se puede privatizar porque ya lo prohíbe la Constitución” y “Los que hablan de privatizar el agua se dejan manipular por el FMLN”: he aquí tres perlas lingüísticas de los viejos palabreros de la patria en las que se unen la bilis hepática con la saliva y el escupitajo verbal. Los ataques personales privan sobre la racionalidad de un derecho que cada vez tiene mayores déficits en El Salvador. Y para colmo de ironías, algunos miembros de la institución menos digna de confianza, la Asamblea Legislativa, se dan el lujo de atacar a la institución más confiable del país, la Iglesia católica. Pero ya se sabe, los palabreros son siempre muy atrevidos, incluso para desacreditarse a sí mismos.

La corrupción es otro tema sujeto a la infinita verborrea tanto de corruptos como de políticos que, aun teniendo techo de vidrio, persisten en grandes declaraciones de honestidad propia y ataques al contrincante. Contemplando la pasión verborreica de algunos expresidentes, sería interesante investigar si no hay una relación directa entre palabrería y corrupción. Lo obvio es que quienes más se acusan entre sí de corruptos, especialmente cuando se aproximan tiempos electorales, son los que llevan más evidente la marca de la corrupción en sus formas de actuar. Cuando son los políticos precisamente los gestores de la pobre institucionalidad que permite la corrupción, es impresionante que hablen de ella como si no tuvieran ninguna responsabilidad en el asunto.

Frente a la palabrería y el grito, hay dos caminos complementarios. El primero, básico y fundamental, el del diálogo. Se debe construir sobre el dato concreto, el reconocimiento de la realidad y la propuesta de solución a los problemas. Sin diálogo nos quedamos en el cenagal del grito hipócrita y del subdesarrollo. El otro es la palabra racional, anclada en la dignidad humana, en sus valores, y, en caso de necesidad, beligerante. No insultante, pero sí firme ante los problemas y los abusos de los poderosos, confiada simultáneamente en la fuerza de la generosidad y en el dato comprobable. Frente a ella, como ante la palabra de monseñor Romero, no hay manipulación ni palabrería que dure para siempre.

* José María Tojeira, director del Idhuca.


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