Cuando se habla de desarrollo, no es sencillo pensar en un único concepto o en una definición general que lo abarque por completo. El desarrollo puede interpretarse de distintas maneras, para algunas personas representa el paso de “lo viejo” a “lo nuevo”, mientras que para otras implica procesos de progreso o modernización. Sin embargo, en términos generales el desarrollo puede entenderse como un proceso de cambio o transformación, es decir, no se trata de algo estático, sino de un fenómeno dinámico que se encuentra en constante construcción.
Además, el desarrollo tampoco es un concepto neutro, ya que se construye desde distintos enfoques y áreas del conocimiento. De hecho, existen nociones como desarrollo humano, desarrollo económico, desarrollo académico, entre otras. En el contexto de esta asignatura, el desarrollo se aborda desde una perspectiva territorial; no obstante, es común que en la práctica cotidiana el desarrollo sea percibido principalmente en términos económicos. Esta visión suele considerarse válida porque se asume que un mayor crecimiento económico permite acceder a otros beneficios, como mejores servicios de salud, educación o condiciones de vida.
Pero, reducir el desarrollo al crecimiento económico no es correcto, ya que como plantea Katie Willis, no solo se debe discutir la definición de desarrollo, sino que también en cómo este se mide. Pues el crecimiento del ingreso o de la producción, no reflejan las condiciones de vida de la mayoría de la población, ni las desigualdades sociales y territoriales existentes.
Por lo que, es importante preguntarse: ¿por qué el crecimiento económico no garantiza el desarrollo?, lo que nos permite reflexionar críticamente sobre los límites de entender el desarrollo únicamente como crecimiento económico, así como la necesidad de considerar otras dimensiones como la social al analizar el desarrollo.
Para responder a esta pregunta, resulta necesario revisar críticamente algunos enfoques teóricos que han problematizado la relación entre crecimiento económico y desarrollo. Por ejemplo, los aportes de Katie Willis, Ignacio Ellacuría y Theotonio Dos Santos, nos permiten comprender por qué el crecimiento económico, muchas veces, no se traduce en mejoras reales de las condiciones de vida ni en procesos de desarrollo integral.
Para Katie Willis, el desarrollo no puede reducirse en un proceso de crecimiento económico ni en indicadores cuantitativos. Además, la autora cuestiona que el desarrollo sea entendido como un camino único de progreso, generalmente asociado al modelo de modernización occidental, en el que el aumento del PIB y la industrialización aparecen como los principales indicadores de “avance”. Este enfoque ha influido en la formulación de políticas públicas orientadas a promover el crecimiento económico como principal vía para alcanzar el desarrollo.
Sin embargo, tal como menciona la autora, medir el desarrollo solo a través de variables económicas resulta insuficiente para comprender las condiciones de vida de la población. Según Willis (2011), “al centrarse en la medición cuantitativa, se excluyen las dimensiones cualitativas subjetivas del desarrollo; esto significa excluir los sentimientos, experiencias y opiniones de individuos y grupos”. (p. 13)
El crecimiento económico puede coexistir con altos niveles de desigualdad, precariedad laboral y exclusión social, especialmente en contextos donde los beneficios del crecimiento se concentran en determinados sectores o territorios. Es decir, el crecimiento económico no garantiza por sí mismo mejoras generalizadas en el bienestar social.
Además, la autora señala que las teorías del desarrollo surgen en contextos históricos específicos y responden a intereses políticos concretos. Por ello, la aplicación de modelos generales de desarrollo en distintos territorios puede resultar problemática cuando no se consideran las particularidades sociales, culturales y territoriales de cada contexto. Por lo mismo, el desarrollo debe ser analizado como un proceso complejo que involucra dimensiones sociales y territoriales que no quedan reflejadas en los indicadores económicos tradicionales.
Desde la crítica ética de Ignacio Ellacuría al sistema capitalista, resulta posible profundizar en los límites del crecimiento económico como sinónimo de desarrollo. Para él, el capitalismo se estructura sobre relaciones de competencia y dominación, en las que cada actor busca maximizar su propio beneficio incluso a costa de otros, al tiempo que impone sus patrones culturales para generar dependencia. Esta lógica prioriza la acumulación de riqueza y la rivalidad por encima de la solidaridad, lo que evidencia el carácter inhumano del sistema. (Ellacuría, 1999, pp. 247 – 248)
En este sentido, una sociedad puede experimentar crecimiento económico sin que ello implique mejoras reales en las condiciones de vida de las mayorías, ya que la dinámica del sistema tiende a concentrar los beneficios en determinados grupos, reproduciendo desigualdades y exclusiones sociales. Por ello, cuando el crecimiento económico se da dentro de estas lógicas, no garantiza desarrollo entendido como bienestar, justicia social y dignidad para la población.
En cuanto a la perspectiva de Theotonio Dos Santos, el desarrollo debe entenderse como un fenómeno histórico mundial, vinculado a la formación, expansión y consolidación del sistema capitalista. En este marco, la dependencia no es un estado transitorio, sino una condición estructural que configura las economías internas de los países periféricos. Dos Santos (1970) explica que las relaciones económicas entre países adoptan la forma de dependencia cuando ciertas economías dominantes logran expandirse de manera autónoma, mientras que otras solo pueden crecer de forma subordinada a esa expansión externa, lo que condiciona sus posibilidades de desarrollo. Lo anterior significa que el crecimiento económico en los países “dependientes” es solo un reflejo del crecimiento de las “economías dominantes” y no como resultado de un proceso de desarrollo propio y adaptado a sus necesidades, lo que los sitúa en condiciones de atraso respecto a las “economías dominantes”. (pp. 504-505). 
Eso significa que el crecimiento económico puede ocurrir sin transformar las estructuras que generan el subdesarrollo y que benefician principalmente a élites económicas, sin garantizar mejoras en las condiciones de vida de la mayoría de la población.
Los aportes mencionados anteriormente, aunque tienen diferentes enfoques, tienen en común la idea de criticar al crecimiento económico como sinónimo de desarrollo. Por ejemplo, Willis cuestiona la visión del desarrollo como progreso lineal medible en términos económicos, mostrando que los indicadores económicos ignoran las desigualdades sociales, por lo que no reflejan las condiciones reales de vida de la población.
Ellacuría, desde su crítica al sistema capitalista, señala que, aunque el crecimiento económico puede generar riqueza, también puede generar exclusión y relaciones inhumanas basadas en la competencia y dominación, lo cual impide que dicho crecimiento se traduzca en bienestar para la mayoría de la población.
Por su parte, Dos Santos muestra que el crecimiento económico de los países dependientes está condicionado al crecimiento de economías dominantes, generando relaciones de subordinación que limitan la posibilidad de un desarrollo propio y más equitativo.
En resumen, estos autores nos permiten comprender que el crecimiento económico puede coexistir con desigualdad, exclusión y dependencia estructural, y que, por lo tanto, no es suficiente para evaluar al desarrollo.
De este modo, repensar el desarrollo implica pasar del simple crecimiento económico a la construcción de condiciones de vida dignas para todas las personas. Pues, aunque existen diversas formas de definir el desarrollo y distintos indicadores para medirlo, tal como se ha mencionado en este escrito, resulta fundamental que al hablar de desarrollo el eje central de sus ideas, teorías y enfoques debe ser la búsqueda del bienestar social. Este principio no debería quedar únicamente como un planteamiento que otorgue una imagen positiva a determinados modelos de desarrollo, sino que debe traducirse en transformaciones reales orientadas a la reducción de las desigualdades y a la mejora efectiva de las condiciones de vida de la población.
En este sentido, el desarrollo debería entenderse como un proceso que amplía oportunidades para llevar una vida digna, en el que el crecimiento sea compatible con la justicia social. Esto implica que los beneficios del crecimiento no se concentren únicamente en determinados grupos, sino que se distribuyan de manera más equitativa entre quienes contribuyen a la generación de riqueza, de modo que el desarrollo se refleje en el bienestar de las mayorías y no solo en el aumento de cifras económicas.
Dos Santos, T. (1970). Dependencia y cambio social. Cuadernos de Estudios Socioeconómicos (11), 502-506.
Ellacuría, I. (2000). “Sobre la civilización de la pobreza”: Utopía y profetismo. En Escritos Teológicos II (págs. 244-280). UCA editores.
Willis, K. (2011). Teorías y prácticas del desarrollo. Nueva York: Routledge.
*El texto ha sido presentado como ensayo en el marco de la asignatura Las teorías del desarrollo y del desarrollo territorial que forma parte de la malla curricular de la Maestría en Desarrollo Territorial de la UCA.