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El enfoque de género como elemento inherente del desarrollo territorial.

23/01/2026
 
Diego Fernando Cea
Estudiante segundo año MDT

Según Blandón et al. (2023), el desarrollo territorial se distingue de otras nociones de desarrollo por tres características principales: su carácter multidimensional, su carácter sistémico y su carácter territorial. El primero hace referencia a la diversidad de dimensiones que abarca el desarrollo: económico, político, social, cultural, histórico. Todo ello está muy arraigado con su carácter sistémico, pues lo que sucede, por ejemplo, en la esfera económica, repercute en el resto de las dimensiones y viceversa; es decir, existe una interdependencia entre los fenómenos. Finalmente, el carácter territorial contempla el espacio físico de la actividad humana; no es una simple entidad física, sino que presupone la existencia la existencia de un colectivo o grupo de personas (Blandón et al., 2023).

Bajo esta misma línea Spinelli y Costamagna definen el desarrollo territorial centrándose en su carácter territorial. Para los autores, el desarrollo territorial es un proceso social particular al territorio con sus propias características, las que le permiten construir capacidades que mejoren el bienestar social (Spinelli y Costamagna, 2023). El territorio trasciende su carácter meramente físico, y se convierte en un medio para que distintos grupos de personas interactúen entre sí y con dicho territorio.

Este enfoque implica analizar cómo los colectivos de personas se relacionan entre sí para construir capacidades que transforman la sociedad, en vistas del mejoramiento de la calidad de vida (Spinelli y Costamagna, 2023). En ese sentido, el enfoque reconoce diversas dimensiones propias del territorio que, en muchas ocasiones, son invisibilizadas. El mejoramiento de la calidad de vida implica profundizar en estos fenómenos.

Tal sucede en las desigualdades de género. Históricamente, a las mujeres se les ha asignado un rol en la sociedad de cuidadoras, por lo que, se les ha excluido de participar en el mercado laboral y con ello, se les excluye de su capacidad de agencia y decisión; asimismo, estas tareas domésticas o del cuidado no son reconocidas, y por tanto, no son remuneradas. Incluso, dentro de las teorías del desarrollo, las mujeres no son tomadas en cuenta, y en vez de considerarse como actores del desarrollo, se vuelven objetos de este.

De acuerdo con Spinelli y Costamagna (2023), estas desigualdades se han exorbitado luego de la pandemia del COVID-19, pues en muchos de los hogares, las nuevas responsabilidades de cuidados recayeron sobre las mujeres. Ante ello, argumentan los autores la necesidad de un enfoque de género que contribuya a crear sociedades cada vez más justas y equitativas con iguales derechos, posibilidades y oportunidades (Spinelli y Costamagna, 2023).

Continúan los autores que estas desigualdades se expresan en tres niveles: i) a nivel micro, vinculado a su capacidad de toma de decisión dentro de los hogares; ii) a nivel territorial, referente a la dimensión institucional, como lo es el mercado laboral y las políticas públicas y; iii) a nivel macroeconómico, en el cual se reconoce el efecto diferencial de las políticas económicas entre hombres y mujeres (Spinelli y Costamagna, 2023). Todo lo anterior revela el desequilibrio de poder entre hombres y mujeres, por lo que, de acuerdo a estos autores, hablar de género es hablar de poder.

Estos desequilibrios son detectables a nivel de autonomía económica de las mujeres. De acuerdo con Álvarez (2019), en El Salvador las mujeres tienen menor participación en el mercado laboral y en la generación de ingresos; asimismo, aquellas que sí participan enfrentan brechas salariales y están destacadas en sectores productivos con bajos niveles de remuneración. 

De igual manera, estas disparidades se detectan en las responsabilidades del cuidado en los hogares. Álvarez (2018) destaca que, en promedio, las mujeres dedican 5.35 horas diarias a las tareas del cuidado, siendo esto 3 horas más que los hombres, especialmente en aquellas tareas dedicadas al cuido de personas enfermas, cuido de niños, y en el trabajo doméstico. A lo anterior, se debe sumar el tiempo que las mujeres dedican al trabajo remunerado, siendo este en promedio de 7.5 horas diarias para las mujeres y de 8.2 para los hombres. Por lo que, las mujeres en total trabajan en promedio más de 12 horas diarias, mientras que los hombres únicamente 10.    

Desde el enfoque de género, el desarrollo territorial debe planificarse desde este desbalance, por lo que pretende que las mujeres asuman poder en los procesos de decisión. El enfoque de género invita a hacer una introspección de todos estos sistemas de la sociedad. Implica replantear cómo se aproximan a las diversas problemáticas existentes en los diversos grupos de personas, pues se debe partir de esta disparidad en los roles de género, ya que ellos tienen repercusiones sobre las soluciones que se puedan plantear. Así pues, el análisis del desarrollo territorial debe abordar este enfoque, ya que, de no hacerlo, se seguirá invisibilizando los problemas que han aquejado a las mujeres. Cabe aclarar que no se trata de incorporar una nueva dimensión al desarrollo territorial, sino de reconocer una dimensión que históricamente ha sido negada, por lo que no es una adenda, sino un elemento inherente de este.

 Conclusión

La concepción de desarrollo territorial ciertamente ha implicado un avance en el entendimiento de cómo debe ser el desarrollo y por tanto, de su aplicación. Su carácter multidimensional, sistémico y territorial ha enriquecido su análisis, permitiendo reconocer nuevos enfoques que anteriormente pasaban desaparecidos. El enfoque de género ha sido uno de estos.

Históricamente, las mujeres han sido relegadas al hogar, asignándoles las tareas domésticas y de cuidados. Ello ha implicado su exclusión del mercado laboral, y con ello su autonomía económica y su poder de decisión. Si bien, jurídicamente han recuperado estos derechos, a nivel cultural y social, estas desigualdades de género persisten.

El desarrollo territorial y el enfoque de género son herramientas que permiten frenar estas desigualdades. La conceptualización del desarrollo territorial como la construcción de capacidades para el mejoramiento de la calidad de vida, obliga a considerar estas desigualdades históricas del sistema, y proponer soluciones en vistas de ello; reconoce la disparidad de poder entre hombres y mujeres, planteando soluciones que incorporen a las mujeres, no como meramente receptoras del desarrollo, sino por medio de un papel activo que les permita recuperar su poder de decisión.

Por ello, el enfoque de género no es una adenda al desarrollo territorial, sino un elemento inherente de este.

Referencias

Álvarez, I. (2019). Aportes para el debate sobre la tributación para la equidad de género en El Salvador. Friedrich-Ebert Stiftung.

Álvarez, I. (2018). Reconocimiento de los cuidados en El Salvador. Avances y tareas pendientes.  Friedrich-Ebert Stiftung.

Blandón de Grajeda, F., Cartagena, R. E., Cummings, A. R., Jiménez Morales, R. I., & Monterrosa, L.A. (2023). El desarrollo, una lectura desde lo multidimensional, territorial y sistémico. ECA: Estudios Centroamericanos, 78(773),   21–34.      https://doi.org/10.51378/eca.v78i773.7936

Spinelli, E. y Costamagna, P. (2023). Perspectiva de género y diversidades: diálogos con el enfoque de desarrollo territorial. Revista Contraste Regional, 11 (21), 8–25. México.

 

Universidad Centroamericana José Simeón Cañas
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