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Modelos de desarrollo, dependencia estructural y pobreza persistente en El Salvador*

20/02/2026
 
Ashly Fabiola Martínez Escobar
Estudiante primer año MDT

A pesar de décadas de reformas económicas orientadas al crecimiento y la modernización, el desarrollo continúa siendo un concepto profundamente debatido dentro de las ciencias sociales latinoamericanas, especialmente cuando se analiza su impacto real en países como El Salvador. En este país, las tensiones en torno al desarrollo se manifiestan con particular claridad: se trata de una estructura económica limitada y dolarizada, con una fuerte integración al comercio internacional y una estrecha vinculación económica y migratoria con Estados Unidos. Sin embargo, incluso en contextos donde se observa estabilidad en los principales indicadores macroeconómicos, la pobreza, la desigualdad y la vulnerabilidad social persisten como problemas estructurales que afectan a amplios sectores de la población.

Desde esta realidad concreta, el presente ensayo sostiene que la adopción poco crítica de determinados modelos de desarrollo, sin una transformación estructural de carácter económico y político, ha limitado la capacidad del Estado salvadoreño para responder a las necesidades sociales de la mayoría de la población. En particular, el énfasis en el enfoque neoliberal ha contribuido a profundizar una inserción dependiente en la economía mundial, reproduciendo condiciones de desigualdad y exclusión. Para desarrollar este argumento, se analizan los enfoques de la modernización, el keynesianismo y el neoliberalismo, en contraste con el estructuralismo, el neomarxismo y la teoría de la dependencia desarrollada por Theotonio Dos Santos. Finalmente, se incorpora la propuesta ética de Ignacio Ellacuría sobre la civilización de la pobreza como un criterio alternativo para repensar el desarrollo desde la perspectiva de las mayorías históricamente excluidas.

La teoría de la modernización concibe el desarrollo como un proceso lineal mediante el cual las sociedades consideradas tradicionales deben transitar hacia formas modernas, siguiendo el camino histórico de Europa occidental y Estados Unidos. Desde esta perspectiva, el subdesarrollo se explica principalmente por factores internos, como la falta de capital, tecnología, educación o instituciones adecuadas. Como señala Willis (2011), este enfoque dominó la agenda de desarrollo durante la posguerra y orientó políticas centradas en la apertura económica y la adopción de modelos institucionales propios del Norte Global.

Este enfoque presenta importantes limitaciones cuando se aplica al contexto latinoamericano. Al presuponer trayectorias de desarrollo homogéneas, ignora las profundas desigualdades históricas y estructurales que caracterizan a la región. Además, al enfatizar las carencias internas, invisibiliza las relaciones de dominación y dependencia que han condicionado el desarrollo de los países periféricos. En el caso salvadoreño, la lógica modernizadora se refleja en discursos que asocian el progreso casi exclusivamente con la atracción de inversión extranjera y la apertura comercial, sin cuestionar la persistencia de la desigualdad social, el empleo informal y la concentración de la riqueza (Willis, 2011).

Sin embargo, también el keynesianismo introduce una perspectiva distinta al destacar el papel del Estado en la regulación económica, la generación de empleo y la estabilización del ciclo económico. En América Latina, estas ideas influyeron en la industrialización por sustitución de importaciones, orientada a reducir la dependencia externa y fortalecer la producción nacional. Sin embargo, en países pequeños y dependientes como El Salvador, el margen de maniobra estatal ha sido limitado por una estructura productiva poco diversificada, una baja capacidad fiscal y una fuerte dependencia tecnológica, lo que impidió una transformación profunda del modelo económico (Willis, 2011).

Es ahí como el neoliberalismo surge como respuesta a las crisis fiscales y de deuda de finales del siglo XX, promoviendo la reducción del Estado, la privatización de servicios públicos y la liberalización de los mercados. En El Salvador, este enfoque permitió mantener ciertos equilibrios macroeconómicos y atraer inversión externa; sin embargo, sus efectos sociales han sido profundamente desiguales. El problema central es que la apertura y la liberalización suelen presentarse como condiciones suficientes para generar bienestar, cuando en realidad sus resultados dependen de la estructura productiva, del mercado laboral y de la capacidad estatal para redistribuir ingresos y garantizar derechos sociales (Willis, 2011).

Desde esta experiencia, surge una interrogante fundamental: ¿qué se entiende por desarrollo y para quién ha sido concebido en el contexto salvadoreño? La evidencia muestra que la integración al mercado internacional, por sí sola, no ha garantizado mejoras sustantivas en las condiciones de vida de la mayoría de la población ni una reducción significativa de las desigualdades estructurales.

Asimismo, el estructuralismo latinoamericano, impulsado principalmente por la CEPAL, sostiene que el subdesarrollo es resultado de la estructura centro-periferia del sistema económico mundial. En esta relación, los países periféricos exportan bienes de bajo valor agregado e importan productos industriales, enfrentando un deterioro constante en los términos de intercambio. Si bien este enfoque representó un avance frente a la teoría de la modernización, mantuvo su apuesta por reformas dentro del sistema capitalista (Willis, 2011). 

En esa misma línea el neomarxismo y la teoría de la dependencia profundizan esta crítica. Dos Santos (1970) argumenta que la dependencia no es un factor externo o coyuntural, sino una condición estructural que configura tanto las relaciones internacionales como las dinámicas internas de los países periféricos. Desde esta perspectiva, el subdesarrollo no constituye una etapa previa al desarrollo, sino una forma específica de inserción en el capitalismo global.

Es por ello que, en El Salvador, la alta dependencia de las remesas ilustra esta condición estructural. Estas representan una proporción significativa del producto interno bruto y reflejan que una parte sustancial del bienestar económico interno depende del trabajo realizado por la población migrante en el exterior. Aunque las remesas contribuyen a aliviar la pobreza monetaria, también evidencian la incapacidad del modelo productivo nacional para generar empleos dignos y bien remunerados, reproduciendo la dependencia económica y social (Dos Santos, 1970).

Por otra parte, frente a los límites de los enfoques económicos tradicionales, Ignacio Ellacuría propone sustituir la civilización de la riqueza por una civilización de la pobreza, entendida no como miseria, sino como un orden social orientado a la satisfacción universal de las necesidades básicas, la solidaridad y la dignidad humana. Ellacuría cuestiona la idea de medir el desarrollo exclusivamente a partir del crecimiento económico y el consumo, señalando que este modelo beneficia a minorías privilegiadas y excluye a las mayorías sociales (Ellacuría, 2000).

Aplicado al contexto salvadoreño, este enfoque permite evaluar críticamente un modelo de desarrollo que ha dependido históricamente de la migración masiva como válvula de escape frente a la falta de oportunidades internas. Desde esta perspectiva, resulta difícil considerar exitoso un proceso de desarrollo que mantiene amplios sectores de la población en condiciones de pobreza o vulnerabilidad y que no garantiza una vida digna para la mayoría.

Finalmente se puede concluir que el análisis de las distintas teorías del desarrollo demuestra que no existen modelos neutrales ni universales. La modernización tiende a responsabilizar los factores internos e ignorar la historia de dependencia; el keynesianismo reconoce la importancia del Estado, pero enfrenta límites estructurales en economías pequeñas; y el neoliberalismo, aunque promete eficiencia y crecimiento, puede consolidar una inserción dependiente cuando no transforma la estructura productiva (Willis, 2011).

En El Salvador, la persistencia de la pobreza, la desigualdad social y la dependencia de las remesas confirman los planteamientos de la teoría de la dependencia desarrollada por Dos Santos. A ello se suma la propuesta ética de Ellacuría, que aporta un criterio fundamental: el desarrollo debe evaluarse por su capacidad de garantizar condiciones de vida dignas para las mayorías. El principal desafío salvadoreño no es únicamente crecer económicamente, sino transformar su estructura económica y social para que el desarrollo deje de reproducir dependencia y se oriente de manera efectiva a la dignidad humana (Dos Santos, 1970; Ellacuría, 2000).

Referencias

 

Banco Mundial. (2024). Pobreza y desigualdad en El Salvador: Una instantánea de las tendencias actuales.

Dos Santos, T. (1970). Subdesarrollo y dependencia. Cuadernos de Estudios Socioeconómicos, (11), 39–46.

Ellacuría, I. (2000). La civilización de la pobreza. UCA Editores. Willis, K. (2011). Teorías y prácticas del desarrollo (2.ª ed.). Routledge

*El presente escrito fue presentado como un ensayo para la asignatura Teorías del Desarrollo, la cual forma parte de la malla curricular de la Maestría en Desarrollo Territorial. 

Universidad Centroamericana José Simeón Cañas
Maestría en Desarrollo Territorial
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